El verano de 2002, tras finalizar la temporada con el Fórum Filatélico de Valladolid, gracias a la invitación de un compañero, tuve la inmensa fortuna de poder entrenar durante 14 días con algunos jugadores profesionales en Los Ángeles, California.
La temporada había sido bastante buena. A las órdenes de Gustavo Aranzana, y con una plantilla calificada como justa, el equipo estuvo a punto de disputar el play off por el título. Durante muchos meses, una idea me rondaba la cabeza: ¿qué podía hacer diferente ese verano para mejorar mi juego? “Big” John Williams, el que luego sería mi anfitrión, me proporcionó la respuesta en forma de invitación formal a pasar esas dos semanas con él y los suyos en EEUU. Siempre le estaré agradecido por ello.
La rutina diaria se alejaba bastante de un viaje de placer. Salvo algunos momentos para visitar los lugares típicos, el resto de la jornada la dedicábamos a trabajar. Comenzábamos todos los días a las 6:30 de la mañana con el desayuno de rigor, para luego hacer unos 40 minutos de coche hasta Santa Mónica. Allí, tras unos 45 minutos de físico, pasábamos a la cancha para entrenar fundamentos individuales de tiro y bote, finalizando con 2 horas de partidos. En las tardes visitábamos algunos de los más afamados play grounds para continuar jugando.
Esos días comprendí la diferencia entre jugadores PROFESIONALES de baloncesto, y jugadores remunerados por jugar a baloncesto. La diferencia eran los hábitos. Sobre todo los hábitos post temporada. Allí pude ver cómo alguno de los extranjeros que disputaban la liga ACB como yo, con carreras más que contrastadas y papeles [...]




