Uno de los principales características de ser extranjero es que no entiendes español. Además, puede darse la mala suerte de que acostumbres a llevar calcetines blancos con sandalia, un turbante, comer falafel o, incluso, echar de menos la moqueta en tu habitación de hotel. Así de tarada está esta gente, procedente de países tan raros como Uzbekistán, Andorra, Antilla Francesa, Brickermuller o Valencia.
Eso sí, al no entender nuestro idioma, tema de importancia capital para poder captar la letra de nuestro himno y, entonces, silbarlo, la gran ventaja de no ser español solo se nota con claridad si eres árbitro.
Entendámonos: si naciste en Lebrija, Pola de Siero, Torrerrebuznos, Écija o Valldemunt y quieres ser árbitro, estás jodido. Probablemente te acostumbres al insulto habitual y al escarnio de fin de semana, hagas lo que hagas.
Este déficit no lo tienen árbitros como el alemán Felix Byrch. El buen hombre dejó sin señalar un penalty a Di Maria y se equivocó en el córner que originó el gol del Manchester pero no salió en ninguna de las portadas del día siguiente. Nos imaginamos semejante desmán en manos de un trencilla español. ¡¡No podría regresar a Navalcarnete en varias semanas!!
Como tantas cosas, las diferencias culturales y cómo disculpamos a los extranjeros ya lo explicó López Vázquez en su ya mítico “China de japón”. Vean, vean y analícense. En el fondo, si el árbitro es de fuera, se le perdona porque el pobre, no entiende.


