El País de la pelota

12

feb 2013

Pulmones y otras cosas extraordinarias

por » @BorjadeMatias

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En los grandes escenarios tienden a suceder cosas más o menos extraordinarias. Como en el Palais de Glace, por ejemplo. Situado en el barrio de la Recoleta, se trataba de un modesto club de baile que a principios del siglo pasado no aspiraba más que a subsistir noche tras noche entre tangos y obras de teatro de baja calidad. Una noche, Gardel se dejó caer por allí y llegó la fama y el esplendor. Hoy es un moderno centro de exposiciones declarado monumento histórico nacional. O como el Obelisco, construido en setenta días bajo la negativa de la gran mayoría, que no terminaba de ver que ese monumento de mármol de casi 70 metros de altura, dividiese la avenida más ancha del país justo en el lugar donde antes se levantaba una Iglesia. La basílica de San Nicolás de Bari había sido el lugar donde se izó por primera vez la bandera argentina, y los ciudadanos no comulgaban con el cambio. De hecho, durante varios años fue objeto de burla, entendible a veces, como cuando fue decorado como árbol de navidad. El tiempo finalmente dio la razón a sus valedores y hoy es el símbolo más palpable del país. No existe revolución o celebración que no tenga inicio o final en su base. Ambos casos constituyen ejemplos más o menos claros de la capacidad humana de transformar lo corriente en admirable, pero en Argentina, un país inestable y embriagador a partes iguales,  las cosas verdaderamente extraordinarias se suelen ver en los campos de fútbol.

A finales de Junio del año pasado, justo cuando este blog comenzó a escribirse con motivo de la Copa América, River Plate descendió a la Nacional B, equivalente a la Segunda División española. Más de cien años de historia manchados con la vergüenza de tener que jugar un año contra equipos como Desamparados o Deportivo Merlo. Para que el lector se haga una idea, el tipo de estadios donde nunca imaginas ver jugando a tu equipo. Todo un drama social. Llegué a Buenos Aires un día después de que se consumara el desastre y me dio tiempo a ver coches destrozados, contenedores incendiados y varias tiendas saqueadas, como la sala de trofeos del club. Otros optaron por el desconsuelo pacífico, que en algunos casos consistió en ausentarse varios días del trabajo. La cobardía no mitigó la pena, pero se ahorraron los chistes. El hincha del fútbol en estos casos, suele ser bastante práctico.

Poco más de un año después, volví al Monumental con la ocasión de un encuentro ante Boca Juniors. Tras el ascenso, River se mantenía con holgura en la zona media y el partido, más allá de la tensión, no tenía demasiada incidencia en la tabla clasifcatoria. Fue un entretenido empate a dos con un gol de Erviti en el descuento (un día contaré la mañana en la que me tocó escuchar la narración del gol en bucle durante casi una hora), con colorido en las gradas y algún que otro incidente entre barras, algo tristemente común. Para los aficionados de River supuso mucho más. No era cuestión de ganar o perder, sino de demostrar al rival que habían vuelto, que ya se habían quitado ese lastre que sólo da la humillación futbolística. Habían resucitado. Una resurrección de ida y vuelta. Y eso es lo extraordinario. Pensándolo bien, el sentimiento de resurrección que da el fútbol, hay pocas cosas en la vida que las iguale. Si desciendes en Junio, siempre puedes festejar el ascenso el verano siguiente; si pierdes la final de la Copa en Mayo, puedes ganar la Supercopa en Agosto. Y todo ello, con un uniforme nivel de felicidad.

El fútbol argentino es muy especial. Pocos países son tan pasionales, imaginativos y farsantes a la vez. Cuenta, además, con una serie de personajes y lugares que lo hacen único: Menotti y la cafetería donde desayuna cada mañana pasadas las doce, Houseman, el loco, que llegó a un partido borracho, marcó un gol y se fue a la cama a dormir la resaca, o el Mostaza Merlo, el mismo que después de haber corrido y sufrido por la banda durante un partido, al ser preguntado por un periodista que cuántos pulmones tenía, respondió: “uno, como todo el mundo”.

Mañana vuelo de nuevo a Buenos Aires. Será la tercera vez en poco más de año y medio. Esta vez es para quedarme. Con la excusa de contar cosas cotidianas vuelve este modesto espacio en el que esperemos, se cuele alguna vez algo extraordinario. Ya sea la voz de Gardel, o los pulmones del Mostaza Merlo.

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