El Barça sufrió en San Siro un revés sin precedentes cercanos, un bofetón de realidad que no se vivía desde las peores épocas de Rijkaard, Deco y Ronaldinho. El aficionado culé no recordaba la sensación de ver perder así a su equipo en una cita tan relevante, una de esas en que las palabras accidente o traspiés son inadmisibles. Calificativos así sí que encajan cuando las ocasiones no entran pese a competir bien (eliminatoria contra el Chelsea del año pasado), cuando un error puntual echa por tierra un partido (Valdés con Di María en la Supercopa) o cuando un choque se atraganta por una expulsión o una desconexión transitoria. Nada de esto pasó el miércoles. Sobre el irregular césped de San Siro, el Milan desarrolló su plan y fue simplemente mejor que el Barça, de principio a fin, sin paños calientes. De ahí el 2-0, un resultado horrible, y el sabor amargo al ver que ni la suerte ni ningún hecho puntual pueden explicar lo sucedido.
El primer paso para la rectificación es reconocer el desastre y queda claro que los protagonistas lo han hecho. La famosa autocrítica, tan añorada a veces en los colectivos acostumbrados a convivir con la victoria, ha aparecido con fuerza. Piqué, Puyol, Xavi, Cesc y compañía han bajado las orejas y han asumido su responsabilidad en la dolorosa derrota, la cuarta de la temporada, la primera realmente dura en forma y fondo. Por suerte, el fútbol les concederá en las próximas semanas varias oportunidades para resarcirse y recuperar el color tras la pálida de San Siro. Con la Liga prácticamente en el bolsillo, los objetivos pasan por seguir en Copa y Champions y el martes el Madrid se presentará en el Camp Nou con su versión más alegre (y a la vez la más peligrosa).Futbolístícamente, las dos grandes citas que el Barça afrontará como local no pueden parecerse menos. El Madrid es un equipazo que necesita marcar en Barcelona para meterse en la final de Copa, mientras que el Milan se presentará el 12 de marzo, otra vez vestido de cordero, para defender un 2-0 que nadie, ni el milanista más optimista, hubiera soñado. El equipo de Tito Vilanova, cuya ausencia resta muchísimo, tendrá que “minimizar” -como dice Xavi- los errores defensivos contra un Madrid liberado en busca de Pinto y aprender a generar todo el fútbol que faltó en San Siro contra el plan conservador de Allegri.
El Barça necesita pasar a la final de Copa, imponerse al Madrid, reconocerse de nuevo y coger el impulso psicológico preciso para afrontar el reto más difícil de la temporada con la confianza renovada. Y diferencias elementales aparte, precisa que Leo Messi ofrezca su mejor versión, que el argentino esté cómodo para generar desequilibrio de cara a portería. De un tiempo a esta parte los rivales con poderío físico de primer nivel (Chelsea, Madrid o Milan) dedican especial atención en pararle y no se siente cómodo cerca del área. Recibe muy atrás y sufre con vigilancias múltiples, así que buscarlo constantemente puede no ser tan efectivo como en otras ocasiones. Messi es bueno, buenísimo, el mejor. Nadie lo discute, pero para ser el mejor tiene que estar cómodo. Últimamente, por la inercia de su brutal influencia en los partidos (números de extraterrestre) sus compañeros le buscan constantemente como generador, oxigenador, finalizador. Sin embargo, con Messi agobiado por los marcajes especiales, el Barça haría bien en liberarle arrojando otras vías de amenaza como Villa o Tello, capaces de aportar gol y desborde respectivamente. Por descabellado que suene, relegar a Messi a un papel más concreto puede beneficiar a todas las partes.
No hay dudas en que la mala noche en Milán ha hecho mella en todos los sectores del barcelonismo. Los jugadores saben que han fallado, no les vale la excusa del césped ni del árbitro. Volverán a competir, lo cual no garantiza todos los éxitos. Al respecto, merece la pena rescatar esta frase de Guardiola de octubre de 2011: ”En cuatro años nunca hemos hecho el ridículo, cosa que no tiene que nada ver con ganar o perder”.
