A Schuster lo echaron del Real Madrid después de decir que era “imposible pensar en ir a ganar en Camp Nou”. Meses antes había conquistado, con cierta brillantez y vistosidad, una Liga. En menos de 48 horas, el futuro ex entrenador del Real Madrid aseguró que la Liga está “casi imposible”, insultó y coaccionó a un periodista para que revelara sus fuentes y obvió recoger el guante de la convivencia que le lanzó su presidente en la mañana del sábado para sellar, de cara a los bufanderos, un pacto virtual de unidad frente a los “constantes e injustificados” ataques. 
¿Se imaginan a un periodista presionando e insultando a un entrenador para que le diga qué alineación va a poner el domingo saltándose todos los códigos éticos? Eso es lo que hizo Mourinho con Antón Meana, compañero y amigo de Radio Marca. Conozco bien Antón, su pasión por el periodismo, por la verdad y por la objetividad. No pertenece a ninguna cuadra, detesta las sectas, el servilismo no va en su ADN. Antón creció arropado por periodistas libres, independientes, que no deben nada a nadie, más que a su talento y a sus méritos. Su trabajo es intachable, su manejo de la información también porque aprendió al lado de los mejores.
Meana tiene tanto mérito como sus jefes, que nunca han dirigido ni orientado su trabajo; ni le sugirieron qué tenía que preguntar o comentar incluso en circunstancias de máximo ghetto. Esto, que parece algo fundamental y básico, no es habitual. Tuve como jefe durante tres años a Paco García Caridad. Es duro y exigente, reprende a la cara pero luego mata por los suyos. Paco no es de guiñarte el ojo y asesinarte en los despachos para colgarse medallas, porque eso es de mediocres y, además, él no lo necesita. Antón es un afortunado por tener el jefe que tiene.
Hoy, ambos asisten al irremediable ocaso de José Mourinho, un técnico que parece haber entrado en barrena, en un declive inefable. Como dice Faustino Alvarez, redactor jefe de la revista ‘Mediapunta’, el portugués ya es un cadáver andante.
