A veces la noticia es que no hay noticia. El cierre del mercado de traspasos (trade deadline) es buen ejemplo. Un fenómeno que año tras año nace generando una gigantesca ola de rumores, adquiriendo incluso dimensiones dantescas, pero que acaba rompiendo en la orilla como si el caballo de Atila hubiese pisoteado su esencia por el camino. Residual.
La compleja ciencia-ficción del durante deriva en la simple realidad del después. En algo escueto y, por qué no decirlo, decepcionante. Jugadores con mil y un destinos que luego acaban quedándose donde están. Quizás no hay mejor muestra para definir ese período donde tanto se imagina y tan poco sucede.
Al final el mayor beneficiado de todo esto, de la ausencia de movimiento, es el que más cómodo vive, el campeón. Y es que el cierre del período de traspasos quedó como un lo que pudo ser y no fue para los aspirantes a destronar al mejor equipo del mundo, que digan lo que digan los registros de victorias a estas alturas, siguen siendo los Heat. Que habiendo probado ya la gloria son aún más peligrosos.
Sólo el inquieto Sam Presti y sus Thunder se movieron. Y tibios. La llegada de Ronnie Brewer, paradigma de que el especialista es muy apreciado en las altas esferas, no es más que un intento de molestar a la pareja James-Wade allá por junio. Un movimiento cuyo único foco es aumentar la resistencia ante la mayor fuerza gravitatoria del baloncesto mundial y su fiel escudero.
Ninguno más se atrevió a pujar fuerte. Ni San Antonio, la orquesta más afinada del mundo pero con miedo a nuevos solistas; ni los Clippers, que buscaron sin éxito la perenne sangre hirviendo de Kevin Garnett de cara a la post-temporada. Tampoco los Grizzlies, que si bien hicieron parte de sus deberes hace tiempo, moviendo el contrato de Rudy Gay, dejan la sensación de necesitar algo más, que bien podría haber sido JJ Redick, solución a su drama en el tiro de perímetro, si la economía no ahogase tanto en Tennessee. No es época de caprichos.
De hecho, dos de las franquicias que más claramente parecían necesitar actividad, tampoco la tuvieron. Porque algo hubo pero muy suave en los Celtics, inseguros de dar un paso definitivo y deshacerse de su icono de los últimos quince años (Paul Pierce), el reflejo de su espíritu (Kevin Garnett) o el único mimbre real de valor para su futuro (Rajon Rondo). Decisión aplazada al verano.
Y directamente desistieron los Lakers, con pavor a mover a Pau Gasol sin la certeza, a sabiendas imposible, de que Dwight Howard se quedará en la franquicia este verano. Un enigma que huele mal desde lejos. Quedarse sin sus dos únicos activos interiores en apenas unos meses sería la estocada final a la carrera de un Kobe Bryant cuya llama se apaga mientras pide más guerra. Los Lakers estaban atados de pies y manos.
En el Este ningún candidato, ni Pacers, ni Knicks, ni Nets, ni Bulls apostó fuerte. De hecho Josh Smith, el galán con más novias, se quedó sin ir a la fiesta. Y no hay mejor resumen que precisamente ése. Con el endurecimiento del impuesto de lujo (que entrará en vigor el próximo curso) las franquicias –sus dueños—ya no pretenden únicamente juntar estrellas. Además hay que pagarles. Y ahí radica el temor, que acaba traducido en cautela.
Pocas ganas de apostar. La banca gana. Los Heat son igual de favoritos antes que después del cierre de mercado. Manteniéndose inmóviles, han salido triunfadores. Ninguno de los candidatos a su trono ha dado un golpe de efecto. Y si la competencia no se fortalece, el dominador no siembra nervios en campo propio. Conoce a sus rivales y, lo mejor, ya les ha hecho hincar la rodilla. Y no hay mayor fuerza que la mental, querer algo y saberse capaz de lograrlo.

