Basketball IQ

15

feb 2013

Paul George: tendencia a infinito

por » @a_monje

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Para entender algo de verdad no basta con hacerse eco de lo apreciable, de lo evidente. También es necesario saber el contexto, el antes, el cómo. Porque somos, en buena parte, lo que hacemos cuando nadie nos ve. Y esos momentos de soledad consentida son los que definen nuestro ahora y, sobre todo, los que definirán nuestro después. Son en definitiva el necesario preámbulo de la historia.

Cuando Paul George conoció a Brian Shaw (2011), lo único que podía asegurar es que era un tipo que tenía cinco anillos (tres como jugador y dos como entrenador asistente, todos ellos en los Lakers) y había jugado con Kobe Bryant. Y a decir verdad, a él lo que le importaba realmente era lo segundo. Porque creció, como muchos otros jóvenes en California, admirando al escolta angelino. Un ejemplo, una meta.

Ahora Shaw, técnico asistente en Indiana, es como un padre deportivo. Alguien que constantemente aconseja, escucha, apoya y resalta defectos de forma constructiva. El pasado verano (2012) lo cambió todo. La semana (6-12 de julio) que el alero de los Pacers compartió con la selección estadounidense en el training camp de Las Vegas, preparatorio para la cita olímpica de Londres, marcó un antes y un después en la forma de ver su carrera.

George quedó impresionado desde el primer día y lo comentó rápidamente a su entorno, aquello era otra dimensión. Su admirado Kobe Bryant y LeBron James, el paradigma de jugador total, eran siempre los primeros en llegar a las sesiones y los últimos en irse. Aquellas éticas de trabajo trascendían los límites que él había conocido. Incluso los que consideraba muy exigentes. A su lado se sentía minúsculo, marginal. Y eso le alimentó el instinto.

Una vez concluido el training camp de Las Vegas, George dedicó el resto del verano a trabajar cada aspecto de su juego de forma milimétrica, tratando de pulir matices y perfeccionar detalles que le hicieran otro jugador. Uno determinante de verdad. Su silencioso trabajo fuera de focos cobró valor cuando la competición volvió. Había evolucionado exponencialmente. Inició el verano siendo un proyecto y lo acabó siendo una estrella. Rompió a hervir.

Entendió que el baloncesto camina sobre todo hacia dos tipos de jugadores. Los que sólo desarrollan un arte, pero dominado hasta la extenuación; y los que abarcan cualquier detalle del juego de forma eficiente. Y optó por la excelencia y complejidad de la segunda vía.

¿Cómo? Llevando sus capacidades y polivalencia defensiva (no hay reto de perímetro que no pueda asumir) hacia la super élite (es el jugador de mayor influencia estadística en defensa de toda la NBA) y su nivel ofensivo hacia la imagen especular del Point-Forward moderno, esto es ser capaz de dirigir, y no sólo de ejecutar, al máximo nivel. Elevó su potencial a infinito.

Como no hay gloria sin azar, el destino quiso conceder al jugador plenos poderes para exhibir su cambio. La lesión de Danny Granger, como aquella de Stromile Swift que precipitó a escena a Pau Gasol, o como aquella temporada nefasta de los Spurs que acabó con Tim Duncan en El Alamo, vino a ser un favor divino. Porque el talento, por evidente que sea, también necesita de una oportunidad para emerger en plenitud.

El cóctel de todo ello ha derivado en la consagración de un jugador sobrehumano. Un prodigio a tiempo y espacio completo, de sólo 22 años, que este mismo curso será All-Star y ya sólo vive a la sombra de dos caníbales de proporciones históricas (LeBron James-Kevin Durant), que se retroalimentan el uno al otro y nos ruborizan al resto.

Y es que para Paul George, Brian Shaw no es ya aquel tipo que jugó con Kobe Bryant, es ése que le ayudará a intentar ser como él. Pasó de tener un ídolo a buscar superarlo. De querer ser bueno a trabajar compulsivamente para ser el mejor.

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