Basketball IQ

1

feb 2013

Ganar no es lo (único) importante

por » @a_monje

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Una franquicia de intachable trayectoria deportiva reciente se desprende de activos que inciden en buena medida en su éxito. Lo que puede parecer un despropósito, realmente no lo es. Y es que no hablamos sólo de una competición de baloncesto profesional, la más prestigiosa del planeta, sino también de un negocio, un conjunto de (enormes) beneficios o pérdidas. Sólo de la conexión indescifrable -y particular en cada caso- de ambos parámetros, deporte y balance económico, emerge la NBA tal y como se entiende hoy en día.

Los Grizzlies son uno de los equipos más elogiados de la competición. Hay argumentos de peso que respaldan tal consideración. Desde la labor de Lionel Hollins en el banquillo, creando un colectivo coral y eficiente, hasta el nivel exhibido por algunos de sus jugadores, ya sean distinguidos de forma oficial, como la presencia de Zach Randolph en el All-Star, u oficiosa, como la consolidación, vía vox populi, de Marc Gasol como uno de los mejores pívots del mundo.

Sin embargo, económicamente la situación es diferente. Las normas de endurecimiento del impuesto de lujo (que castigará más severamente descuidar el límite salarial) obligan a construir una plantilla con mimbres accesibles, o bien a estar amparado por un contexto tan poderoso que sea capaz de mantener pérdidas sostenidas.  O ya, en último caso, a disponer de un propietario dispuesto a asumir ese cargo extra. Con su dinero.

Porque, efectivamente, en la NBA si un propietario dice ‘no’, por muy positiva que sea la andadura deportiva, las alas se cortan. Así, podemos ver cómo Memphis traspasa a su mejor (y único) tirador, Wayne Ellington, y un interior útil de rotación como Marreese Speights a cambio de ‘nada’. Entiéndase ese nada como algo deportivamente de ínfima valía en comparación.

Menos de diez días más tarde, el paso es incluso mayor. El máximo anotador del equipo, Rudy Gay, es traspasado en un intercambio cuyo fin es aliviar el contexto salarial de los Grizzlies. El contrato del jugador formado en Connecticut es tan elevado que poco parece importar su progresión o rol en el equipo, ambos considerables. La necesidad es otra. Y en los despachos de Memphis tenían claro quién debía salir.

No es que Gay lo estuviese haciendo mal, en absoluto. Es que simplemente su contrato (44 millones entre la temporada actual y la próxima) no es asumible planteando en el otro lado de la balanza su rol deportivo y la situación económica de la franquicia ante el temido impuesto de lujo. Porque Gay es el máximo anotador de los Grizzlies, sí, pero su papel es menos relevante que el de Marc Gasol (eje absoluto) o Zach Randolph (complemento perfecto del español), y su contrato significativamente más cuantioso que el del por otro lado infravalorado Mike Conley.

Gay es una perenne solución a un problema de circulación ofensiva. Un físico de élite capaz de generarse sus propias canastas. Una mejorada toma de decisiones. En definitiva, es un muy buen jugador. Pero al mismo tiempo es la pieza más prescindible de un sistema ofensivo automatizado en el que su papel, de puro ejecutor, se piensa puede ser suplantado con relativo éxito. Una cosa no quita la otra.

En el intercambio a tres bandas que ha acabado con Gay en Toronto, y que ha provocado también la llegada de José Manuel Calderón a Detroit, los Grizzlies han recibido a un interior de proyección (Ed Davis) y dos aleros. Uno veterano (Tayshaun Prince), conocedor de la sensación de ganar un título NBA (2004) y un oro olímpico (2008), gran defensor y un guante para un sistema tan altruista como el de Memphis. El otro (Austin Daye) más joven, polivalente y con potencial para abrir espacios en la zona. Espacios que serán más necesarios que nunca en PlayOffs, donde el equipo que menos amenaza desde el perímetro deberá hacer frente a defensas más focalizadas que nunca sobre su potencial interior.

Memphis se ha despojado de carga salarial tratando al mismo tiempo de continuar siendo un equipo competitivo. Las limitaciones de su mercado, de su contexto económico, les han obligado a lo primero. Su instinto de supervivencia, a lo segundo. Porque probablemente lo más cómodo para la franquicia habría sido no tocar algo que ya funciona y que mostraba evidencias de ir cada vez a mejor. Qué necesidad habría, ¿verdad?

Probablemente los Thunder pensaron lo mismo cuando no le ofrecieron, más por no poder que por no querer, el contrato máximo a James Harden este verano. Y probablemente nunca llegaremos a valorar lo suficiente por qué el caso de los Spurs debiera ser tomado como ejemplo de eficiencia en la gestión.

Mientras, los Lakers, el más estrepitoso fracaso del curso, no tienen esos problemas. Solo sus cinco hombres de mayor valor (Bryant, Howard, Gasol, Nash, World Peace) cobran más que la totalidad de la plantilla de los Grizzlies. La diferencia entre mercado grande (Los Angeles, Nueva York, Chicago) y mercado pequeño (Memphis, Oklahoma City, San Antonio) sigue siendo evidente y seguramente siempre lo será. Decía Honoré de Balzac, escritor francés del XIX, que tal vez la igualdad fuese un derecho, pero que no había poder humano que alcanzase a convertirla en un hecho.

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