El peor rumbo posible es no tener rumbo. Moverse sin sentido, de aquí a allá, como pudiera ser al revés. Siempre sin un porqué. Malgastar el tiempo sin un camino que lleve a algún destino o, al menos, a la creencia de poder llegar hasta él. En Cleveland saben de esto. Pero en el fondo tuvieron fortuna, encontraron muy pronto su brújula.

El jueves 8 de julio de 2010, ‘The Decision’ tuvo una media de más de 9 millones de espectadores en Estados Unidos. En Cleveland, casi el 40% de televidentes permanecían atentos, casi inmóviles, a las palabras de LeBron James. Ésas que finalmente resultaron fatales, tomadas incluso como una puñalada a su tierra, que dejaba desamparada para marcharse a Florida. Más de 13 millones de personas vieron en directo el momento de aquel ya famoso I’m going to take my talents to South Beach and join the Miami Heat. Historia de la televisión, del deporte y de la simbiótica relación que une a ambas.
Los Cavaliers, huérfanos, furiosos e impotentes, doblaron la rodilla. Qué remedio. Ese año nada podría permitir siquiera una sola sonrisa en Cleveland. Todo era luto, rabia contenida. Pero al verano siguiente, la cosa cambió. El número uno del Draft de 2011 fue a parar a la franquicia de Ohio, en aquella noche (17/05/10) en la que Nick Gilbert (14 años), hijo del dueño de los Cavs, se alió con la suerte en el sorteo previo de posiciones.
El caso es que la esperanza llegó. Kyrie Irving, ese chico nacido en Australia, criado en Estados Unidos y antiguo fan de los Nets, al que le bastaron apenas once partidos durante su único año universitario en Duke a las órdenes de Mike Krzyzewski para demostrar qué tipo de potencial poseía, jugaría en Cleveland. Tan solo un año después de la marcha del hijo pródigo, volvía a despejarse el cielo.
Y es que aunque las grandes obras necesitan tiempo, pues no se construyen en un día, sí pueden ofrecer píldoras que hagan entender que, si el tratamiento es bueno, acabarán siendo de verdad majestuosas. Porque los Cavaliers están lejos, muy lejos, de ser una franquicia ganadora. Faltan muchas cosas, demasiadas, para desgracia de Byron Scott, entrenador y a la vez maestro de esa guardería.
Pero si algo está claro es que Irving maravilla. Simplemente viéndole moverse uno lo aprecia. Es diferente. El tiempo va más despacio cuando tiene el balón. Más despacio para él, más rápido para el rival, claro. Aprendiz aventajado del virtuosismo finalizando de Tony Parker, ilógicamente veloz manejando el balón, con toque para el tiro, inteligencia para aprender y carácter para decidir, el base de los Cavs no es tan solo un joven talentoso más. Es aquello que sueña ver un ojeador, firmar un directivo y dirigir un entrenador.
Irving, mejor novato del curso pasado, ha sido elegido por los Técnicos de la Conferencia Este para integrar la plantilla de la Conferencia Este en el All-Star Game. El de los mayores, el de las estrellas. Los últimos jugadores de segundo año que lograron ese hito en la última década fueron LeBron James, Dwyane Wade (ambos en 2005) y Derrick Rose (2010). Algo serio. Y un selecto grupo del que Irving ha pasado a formar parte.
El pasado 15 de diciembre, el #2 de los Cavs se fue hasta los 41 puntos en el Madison Square Garden, templo del baloncesto mundial, convirtiéndose en el jugador más joven de la historia (20 años) en rebasar la cuarentena en el mítico escenario, superando la anterior marca, en poder de un tal Michael Jeffrey Jordan.
Aquella noche, además, la historia le acompañó para engrandecer su ya de por si gigantesca obra. Para darle un toque de épica que lo hiciese inolvidable. Irving lucía una aparatosa máscara negra para proteger su mandíbula fracturada días atrás. El aura de la máscara alimentó una idea que ya existía. Y no, no hablo de heroísmo, sino de esperanza. Aunque en muchos casos quizás sea lo mismo.
