Basketball IQ

19

ene 2013

La excelencia

por » @a_monje

facebook0
twitter0
tuentimeneameLinked In

Dicen que no existe, que es una quimera. Un sueño, un imposible. La perfección es esa aspiración que por mucho que persigas, nunca alcanzas. Y dicen con razón. Sin embargo, sí que es real el rastro que deja intentarlo.

El jugador más joven en acumular 20.000 puntos en la historia de la NBA nunca ha sido, es, ni será, un anotador. Qué paradoja. O al menos no sólo una de esas fieras cuyo baloncesto se limita, en gran medida, a una relación puramente individual con el aro. Esta semana, a los 28 años y 17 días, LeBron James se convirtió en el más precoz en alcanzar la citada cifra.

Llegar a un punto en el que, por resultar rutinario, se obvia algo grandioso refleja ante qué tipo de maravilla nos encontramos. Normalizar lo anormal parece la única salida posible para evitar la estupefacción casi diaria. Así es la dimensión a la que ha llegado el juego de LeBron James. Y llama la atención que nos haya acostumbrado tanto a lo extraordinario que incluso podamos aceptarlo sin más cuando sucede.

Porque se ha dicho todo de él y sin embargo aún no hay palabras que puedan definirle. No hay término capaz de englobar todo lo que hace. Así, que sea el más precoz en llegar a 20.000 puntos no es sino cubrir una etapa más para alguien que ni siquiera podría ser puesto como ejemplo de visceral anotador. Y sin embargo tritura marcas, una tras otra, también en ello.

Para conocer el valor de James basta con ver al que, hace unos meses, se proclamó mejor equipo del mundo. Los Heat, entonces y ahora, son con James en pista algo completamente diferente a lo que son sin él. Porque con él  pasan por una indestructible unidad con aroma a invencible y sin él son como una casa deshabitada, que, por muy lujosa que pueda parecer vista desde fuera, carece en el fondo de lo principal.

Es curioso que el caso más evidente de jugador al que los números apoyan en prácticamente cada aspecto tangible del juego (seis temporadas consecutivas liderando la Eficiencia), sea en realidad el jugador al que menos falta hace sostener con datos. Simplemente verle en acción ya aclara su influencia, su jerarquía. La sensación basta para comprender su impacto. Un impacto a todos los niveles.

El jugador sin posición, que no es ni base, ni alero ni pívot, porque lo es todo a la vez. Ése que trabajó su tiro hasta hacer de ello un factor de intimidación. Ése que no evita la defensa, sino que asume el mayor reto posible en un rango casi ilimitado (de base a pívot, de Derrick Rose a Pau Gasol, con éxito). Ése que resuelve situaciones decisivas pero nunca puso reparo en compartirlas con otros, sabedor de que esto se trata de algo colectivo.

En el fondo la excelencia no es un acto, sino un hábito. Por eso se encuentra en lo que se hace cada día, más que en algo extraordinario. Llevar lo brillante al terreno de la naturalidad es lo que realmente hace la diferencia. Por eso precisamente James, en su versión automática, camina en solitario hacia un lugar histórico que sólo su propia ambición es capaz de intuir.

Archivado en :
Últimas actualizaciones »

Mantente informado suscribiéndote a las últimas actualizaciones:

feed RSS
Enlaces de interés