Basketball IQ

15

ene 2013

El equipo más desquiciante del mundo

por » @a_monje

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Una vez que entras, sea o no de forma voluntaria, no hay vuelta atrás. Es una jaula. Las paredes, de cristal, van comprimiendo el espacio y resulta imposible no sentir claustrofobia. El agobio dentro del habitáculo se vuelve insoportable y ante la asfixia, que se acerca, el pánico es la única reacción posible. Eso son los Bulls.

Un equipo cuya comodidad es tu falta de aire. Su disfrute, tu sufrimiento. No hay estilo más estremecedor al que enfrentarte que ése. El que encierra el sistema defensivo más complejo del mundo. El paradigma del terror rival.

Para Tom Thibodeau, alumno de la propuesta de Jeff Van Gundy en Nueva York, pieza clave en la excelencia de los Celtics campeones en 2008 y ahora líder en Chicago, la defensa no es una parte del baloncesto, sino LA parte. Su obsesión con anular al rival deriva en la creación de una telaraña sobrecogedora, de las que asusta únicamente viéndola. En Illinois ha perfeccionado en apenas dos años y medio la imagen especular de su idea de juego. Su equipo es, juegue quien juegue, justo lo que él quiere. Y si pudiera abandonar su gesto serio, de permanente alerta, lo haría para sonreír.

Sobrevivir sin Derrick Rose, el MVP más joven de la historia, es una tarea ardua, de enorme exigencia. En esa situación, un mortal caería en depresión y esperaría el retorno de la supernova, pero los Bulls no temen salir a cazar para hacer tiempo. Su instinto manda. Y su defensa es un elemento predador insaciable.

No sólo se trata de su ritmo de juego (90 posesiones por cada 48 minutos), congelado a propósito. Ni de los puntos recibidos (92 por duelo, top 3) o los porcentajes provocados en el rival (47% de Porcentaje Efectivo, top 2), Chicago es sobre todo sensación de asfixia. Ver defensores y manos en todas partes, temer incluso pasar el balón a un compañero a dos metros. Alimentar la esquizofrenia ofensiva.

Para formar parte de ese muro no basta con tener nombre o pasado. La actitud e intensidad en cualquier jugador es un elemento primordial. El sacrificio colectivo es la base de una obra preparada para anestesiar ideas. En los Bulls todos ponen interés, desde Joakim Noah, Luol Deng o Taj Gibson, líderes espirituales, hasta el veterano Rip Hamilton o el ilusionante Jimmy Butler.

Sólo así, sin uno de los jugadores más determinantes del planeta, se explica que los Bulls pisen los talones al tercero del Este (Indiana) y no vean demasiado lejana la estela de los Knicks o incluso de los Heat. Porque más que sobrevivir, Thibodeau exige en cualquier contexto la competitividad extrema.

Es la forma de obtener ese producto final, ése que nunca presenta excusas. En el United Center se contiene la respiración hasta la vuelta de su ‘elegido’. Mientras tanto, su técnico se encarga de condimentar un aura de miedo para las eliminatorias por el título. Los Bulls son la máxima expresión del baloncesto de bajos instintos del Este, el rival que nadie nunca quiere ver enfrente, el equipo más desquiciante del mundo.

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