Basketball IQ

8

ene 2013

El diablo se viste de esmoquin

por » @a_monje

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Se sabe bueno, muy bueno. Incluso superior. Quizás por ello se comporta así. Te invita al blanco o al negro, busca que repelas el gris. O le amas o le odias. Y sin embargo con él resulta inevitable que ambos sentimientos se mezclen a  menudo. Porque así es DeMarcus Cousins. Y así parece querer ser.

Ya su paso a la Universidad estuvo rodeado de escándalo. Sabiéndose deseado, ponía condiciones. Las puso para jugar en los Blazers (University of Alabama at Birmingham) de su Alabama natal. Pero también para jugar en Memphis, a quien abandonó en  apenas un mes para irse a Kentucky tras la estela de John Calipari. Una historia complicada para una mente complicada. Y eso que por entonces ni siquiera era profesional.

En Sacramento ha tenido problemas, claro. Detalle que no sorprende siendo Sacramento, plagado de rebeldía, y tratándose de Cousins, el héroe de la causa indómita. Siendo apenas su segundo año en la NBA, desafió a Paul Westphal, su por entonces técnico. Y a los cuatro días Westphal estaba sin equipo. Los despachos conocían de sobra que el chico era un diamante. Pero lo que no parecían entender era que para pulir sus aristas se necesitaría un trato especial, pero alejado del consentimiento constante.

Keith Smart aplacó su efervescencia. Pero no se puede contener lo incontenible eternamente. Y Cousins emprende vuelo sin permiso demasiado a menudo, tanto como deja destellos de unas capacidades para jugar fuera de lo común. Porque sobre la cancha con él tampoco hay grises.

Cousins es, viendo su nivel potencial, un fuera de serie. Tal cual. Hay muy, muy pocos con su facilidad para jugar al baloncesto. Juega cuando quiere y domina cuando juega. Así que sí, domina prácticamente cuando quiere. Pero quién se atrevería a sentar los cimientos de algo serio poniéndole a él como piedra angular.

Muchas franquicias, conocedoras de la fragilidad de la relación que Cousins puede tener con cualquier acuerdo que exija responsabilidad y orden constantes, llaman a la puerta de los Kings a la mínima oportunidad. Ven el negocio del siglo a la vuelta de la esquina. Piensan que un jugador joven conflictivo, por mucha proyección que posea, es factible en comparación con lo imposible que sería de conseguir si mantuviera la cordura.

Franquicias poderosas, con problemas, o que reúnen ambas condiciones. Es el tipo de jugador que puede darte un salto de calidad gigantesco. Lo que es difícil de saber realmente es la posibilidad de que ese salto sea un impulso hacia arriba o una caída en picado.

En Sacramento se resisten a darle por imposible. Cómo no hacerlo. Cousins tiene tamaño, movilidad, tiro, recursos, lectura de juego. Es potencialmente  dominante cada partido y ante cualquier rival. Y solo tiene 22 años. 22 tiernas primaveras que hacen guardar la esperanza de que hay tiempo para convertir al resabiado diablo en dócil ángel.

Porque Cousins es como si el diablo se personase en tu fiesta, supieras que es el diablo pero aun así le vieras elegante, vestido de esmoquin, le dejases hablar y quedases embobado escuchándole. Eso es Cousins, ¿es eso lo que siempre querrá ser?

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