Basketball IQ

22

dic 2012

Rock’n'roll en la Bahía

por » @a_monje

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Los Warriors son una franquicia de emociones fuertes. De pasión, de vértigo, de acción. Pero también de sonrojante falta de continuidad. Quizás por ello Oakland mantenga en el subconsciente una permanente imagen de brillo efímero, como haciendo un guiño al rock’n’roll, ese otro arte tan común en California. Ése en el que para pasar del éxito al fracaso solo hace falta un paso.

Mientras a finales de los ochenta Green Day, el grupo de Billie Joe Armstrong, daba sus primeros pasos en la Bahía, Golden State desarrollaba el equivalente deportivo a su propuesta musical. El punk-rock de la banda representaba el sonido perfecto para el baloncesto de los Warriors, que con aquel Run TMC tocó techo.

Tim Hardaway, Mitch Ritchmond y Chris Mullin eran baloncesto de alto voltaje. Con Don Nelson al mando, haciendo circular sus más bajos instintos, los Warriors (1991) se convirtieron en uno de los mayores espectáculos ofensivos que se recuerdan. El despliegue era incluso exagerado. Anotar por anotar. Pero duró un pestañeo.

Tras doce temporadas sin pisar los PlayOffs, el regreso de Nelson a la franquicia derivó en otra historia para el recuerdo. En 2007, Golden State, octavo cabeza de serie del Oeste, eliminó en primera ronda a los Dallas Mavericks, finalistas el curso anterior. Y con Dirk Nowitzki recién coronado como MVP. Fue la primera vez, desde que se instauraron las eliminatorias a siete partidos, que un primer cabeza de serie caía eliminado a las primeras de cambio. Historia viva.

La gesta, provocada por otro arranque de baloncesto desenfrenado y sin complejos, resultó también breve. Aquel ritmo vibrante en el que brillaban Baron Davis, Jason Richardson o Stephen Jackson, entre otros, cayó en la segunda ronda ante los Utah Jazz. El volcán en el que se convirtió el Oracle Arena, uno de los ambientes más ‘calientes’ de la NBA el último lustro, despertó pronto de su sueño. Los Warriors del ‘We Believe’ dejaron muy rápido de creer.  Otra vez.

Después de otra etapa sombría, otro ciclo tratando de recuperar la identidad, en Golden State hay de nuevo motivos para sonreír. El rock’n’roll está de vuelta gracias a una generación que quema etapas a la velocidad de la luz. Que muestra tanta juventud como talento. Su perímetro, frenético pero cuerdo, es el paradigma de su éxito. Stephen Curry (24 años), Klay Thompson (22) y Harrison Barnes (20), con el descaro como primer mandamiento, enseñan con picardía sus portentosas facultades para anotar.

Mark Jackson está sabiendo dar la necesaria dosis de control a un grupo que amenaza con la estampida. Con David Lee dispuesto a derribar la puerta del All-Star y el novato Draymond Green como símbolo de que a esto del baloncesto se juega sobre todo con la cabeza, Golden State luce y se permite no añorar demasiado a Andrew Bogut, que llamado a ser su columna en la pintura, de momento solo es su titán de cristal.

¿Dónde está el límite de la franquicia de Oakland? Decía Michael Jordan que quien hablaba de límites era porque los tenía. Con los Warriors protagonizando una de las puestas en escena más espectaculares de la NBA esta temporada, colándose continuamente en fiestas donde no les han invitado, en Oakland tan solo sueñan con retener su brillo y proyectarlo. Pasar por fin de eternas promesas a leyendas del rock.

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