Basketball IQ

16

dic 2012

El maestro de la endorfina

por » @a_monje

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Es conocida como la hormona de la felicidad. La clave para un estado vital más saludable, más optimista, de mayor energía. El cuerpo humano produce endorfina de forma natural pero al mismo tiempo limita su presencia para no desequilibrar el funcionamiento del organismo. Si no fuese así, se viviría en un permanente estado zen, seríamos incapaces de sentir el dolor.

Aquella madrugada del 9 al 10 de marzo, aún la guardo en la retina, resultó un día negro para el baloncesto. Bañado en amargura. Fue la fecha en la que Ricky Rubio cayó lesionado de gravedad en su rodilla izquierda, privando al baloncesto de uno de sus mayores reclamos. De un jugador diferente, especial. De esos que te invitan a seguirle sin pestañear.

Para todo deportista una lesión, especialmente si es de gravedad, supone un agujero negro. Una enorme prueba física y mental, incluso de fe. Pero si el damnificado es aún joven, parece que el trauma se multiplica. Y si es además alguien que disfruta hasta el límite con su disciplina, el temor se incrementa de forma exponencial.

Más de nueve meses después, el joven de El Masnou ha regresado. Detrás dejó días de sufrimiento e incertidumbre, muchas horas de trabajo y la permanente duda de cómo se sentiría a la vuelta. Pero una vez en la cancha, apenas necesitó un par de minutos para demostrar que su rodilla será otra pero él sigue siendo el mismo. Dinamita. El Target Center le añoraba, el baloncesto le necesitaba.

Porque, sobre una cancha de baloncesto, el base de Minnesota representa un continuo flujo de energía allá por donde pasa. Es un creador imprevisible, maravilloso, efectivo y efectista. Un imán para sus compañeros y técnicos, quienes se sienten más seguros con él al lado; y una inyección de adrenalina para el aficionado, en permanente estado de alerta. Rubio, en definitiva, plantea un desafío a esa limitación que el propio cuerpo busca tras liberar endorfina.

Su estilo le hace único, irresistible. De obligatorio visionado para el amante del deporte de la canasta. No tanto por su nivel, que también, como por el estado al que te traslada. Es capaz de transmitir una sensación de felicidad inexplicable. Contagiosa. Que muy pocos han conseguido alguna vez.  Es una atracción incontrolable. Endorfina sin límite.

‘No me acuerdo de olvidarte’, se decía en Memento, película nominada al Oscar en el año 2000. En mi caso, y en el de otros muchos, no es que no me acordase, es que no estaba dispuesto a hacerlo. Incluso durante estos nueve meses sin él. Porque prescindir de la magia de Rubio hubiese sido, es y será un pecado capital. Bienvenido de nuevo, Ricard.

 

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