José Manuel Calderón es un gran profesional. Un jugador respetado en la NBA y admirado en Toronto. Es prácticamente imposible encontrar algún compañero o técnico que haya pronunciado o pronuncie algo negativo sobre él. Es un tipo eficiente, solidario, enemigo del egoísmo, sacrificado colectivamente. Uno que evita los focos y crea empatía. Uno de esos que siempre quieres de tu lado.
Pero, ahora mismo, también es un hombre hastiado. El tercer jugador que más partidos ha defendido la elástica de los Raptors en toda su historia parece no poder más. Y grita a su forma, sin levantar la voz. Casi en silencio. Por idéntica causa que tantas otras veces, pero que por mil y una causas que al final solo él sabe, tantas otras veces ha tratado de digerir y derivar hacia el positivismo y la paciencia. Una y otra vez.
Hablando sin rodeos, los Raptors son un drama. Un equipo desquiciado, sin rumbo y sin respuesta. Los Raptors son la infinita apatía de Bargnani, el incomprensible contrato de DeRozan y once derrotas en sus últimos doce partidos. Son algo “inaceptable”, como se atrevió a definir su propio General Manager, Bryan Colangelo, recientemente.
El extremeño es el jugador de mayor salario anual en la franquicia. Más de diez millones de dólares de un contrato que expira este verano pero firmado hace ya cinco años, pocos meses después de que se pudiese ver por última vez un partido de PlayOffs en la ciudad. Eran otros tiempos. Pese a su valor específico dentro de la franquicia y el equipo, como uno de sus referentes deportivos todos estos años, Calderón nunca ha levantado la voz. Y bien pudiera haberlo hecho, eran los mejores años de su carrera.
Ahora, con 31 años, imagina pasar su último tren en la NBA mientras permanece sentado, inmóvil, en un banco de la estación. Y esa idea le atormenta. Es la gota que hace derramar el vaso. Porque quiere y se ve capaz de competir, lleva mucho sin hacerlo, seguramente demasiado. Anhela demostrar su valía en un equipo con algo de ambición. No ya favorito o candidato, sino simplemente uno que deje pasar a la ilusión por la ventana, no que la arroje al vacío.
En la temporada en la que mayores posibilidades existen de que sea traspasado (por lo apetecible de un contrato elevado que llegue a su fin y libere salario), el playmaker de los Raptors sueña, a su forma, con un cambio. Con una oportunidad vitamínica, como aquella que acudió en febrero de 2008 al rescate de Pau Gasol, cuando el de Sant Boi andaba desganado y enfadado en Memphis. Con el mundo y con los Grizzlies.
Calderón no es el que fue. Es un hecho. Su plenitud física pasó, apenas se le ve dividir la zona y defensivamente nunca fue brillante. Pero sigue siendo un director extraordinario, un buen tirador y, sobre todo, una mina de inteligencia y sentido colectivo. Un activo muy útil, en definitiva. Mucho más de lo que parece en Toronto.
Piensen por un momento. ¿Sería capaz Calderón, este Calderón, de ser un hombre de significativa importancia en un equipo potente? Personalmente, tengo pocas dudas con la respuesta. Y creo que él, viendo aún su sangre hervir, también. Con suerte, el momento de comprobarlo puede estar a la vuelta de la esquina.

