¿Se acuerdan del Pau Gasol que llegó a la NBA? Hace ya más de diez años pero aquella imagen no se olvida. Aquella madrugada del 1 al 2 de Noviembre de 2001 un servidor, como otros miles, se citó con el insomnio para ver aquel estreno ante los Pistons. A las 2.40 de la mañana, hora española, debutó en The Pyramid. El resto ya es historia, escrita con letras de oro.
Aquel chico de gran altura, envergadura casi infinita y hueso fino, ávido de kilos, había maravillado en Europa. Como alero. El matiz ha ido perdiendo importancia a lo largo de los años pero Pau, que incluso entrenó buena parte de su formación como escolta, era un jugador preparado para impactar desde el perímetro hacia dentro. Y no al revés. Una especie de Toni Kukoc.
Gasol llegó a la NBA siendo un chaval de 2.15 ágil y rápido, de gran primer paso, que podía botar hábilmente con ambas manos, pasaba bien y tiraba de fuera. Con razón no tardó el gran Andrés Montes en definirlo acertadamente como E.T. Realmente lo parecía.
En Memphis, como habrían hecho en prácticamente cualquier otro lugar de Estados Unidos, vieron ese tamaño y coordinación y no lo pensaron ni un instante. “Chico, para adentro, tanta altura no puede desaprovecharse lejos del aro”. Y Pau, una esponja, así aprendió. Pasaron los años y aquel proyecto de alero de ciencia-ficción, que parecía sacado de una película de Kubrick, se fue transformando en un ala-pívot primero y en un pívot después. Seguía llamándose Pau, pero como jugador era otra cosa.
¿Era bueno? Monstruosamente bueno. Había perdido algo de velocidad pero ganó en recursos al poste bajo. Como tenía talento natural y una admirable ética de trabajo, se convirtió en un pívot total. Con esa reputación llegó a los Lakers, la gran oportunidad de su carrera. Y con esa reputación fue el factor X de aquel equipo que, hace no tanto, jugó tres finales consecutivas, ganando dos campeonatos. Pau Gasol, el pívot de seda. Pero el pívot.
De repente, algo cambió. El aumento de galones de un pívot nato de potencial dominante, Andrew Bynum, le hizo volver al poste alto. Al puesto de ala-pívot. Su talento, inteligencia y polivalencia se lo permitieron. Pero no era lo mismo. Podía jugar de cuatro, sí, pero durante la última década le convencieron y enseñaron a ser un cinco. Un arma nuclear en el poste bajo.
El cambio de cromos con Dwight Howard nada ha alterado, en todo caso sí acentuado. La pintura pasa a ser una zona casi prohibida. De tránsito ocasional. Ahora, Mike D’Antoni necesita un Gasol bañado en juventud para su modelo de Lakers. Más rápido, más físico y más perimetral. El Pau que llegó a la NBA, vaya. Pero el español (32 años) no es aquel chaval. Pese a no ser débil físicamente, su motor es diferente. Es un vehículo de resistencia, preparado para el fondo, muchos partidos y muchos minutos, pero no para dominar desde la energía o la explosividad de su primer paso.
Y aunque su capacidad colectiva y profesionalidad sean las de siempre, su físico no. Pau nunca volverá a ser aquel. Pero tampoco sería bueno olvidar en quién se convirtió. Y, sobre todo, a dónde fue capaz de llevar esa conversión a los Lakers. D’Antoni parece soñar ahora aquello con lo que todos soñábamos hace diez años. Con ese alero imposible, que pudo ser pero no fue.
