Compramos lo necesario antes de subir. Tiras de calamar seco y botellines de Baltika sin prudencia. Ya no recuerdo si en la cesta de la compra había alguna botella de vodka, pero eso del vodka y el no recordar son conceptos gemelos (me quedé sin ver el mausoleo de Lenin porque la noche antes me enseñaron como se toma de verdad esta bebida). Dima ya había soltado un par de veces que iba a demostrarme que él también “sabía matarse” sobre el césped. No era la primera vez que esa cinta de VHS de museo recibía a las visitas. Estaba tan gastada como mi DVD cantando con Bustamante, ese que sólo ‘trabajaba’ cuando alguna inacuta se atrevía a subir al Tercero E.
Play y fútbol. Ver en un piso de Moscú un partido histórico del fútbol ruso no tiene precio. Y verlo con uno de sus protagonistas, que además es amigo, es una de esas historias que merecen contarse en un blog. Así que, después de tragarme los dos goles de Dennis al Racing este fin de semana, ya tenía excusa. Un viaje, un partido y muchos futbolistas de leyenda, justo los argumentos con los que convencí a los amigos de Grada 360 para dejarme hueco.
Aclaro. Yo estaba de vacaciones y el piso en la capital rusa era de Dimitry Popov, que jugó de lateral en el Real Madrid-Spartak de la Copa de Europa de la temporada 90-91. Partidazo. Empate a cero en la ida y un 1-3 inesperado en la vuelta. Cuando ví ese partido con mi padre por televisión jamás pensé que volvería a verlo en el otro extremo del mundo tanto tiempo después. Pero tampoco pensé que Popov y Radchenko serían ídolos de mi Sardinero, que conocería a Karpin, que hablaría con Mostovoi, que me sentaría en una butaca del Luzhnikí…
Estaban todos y dieron una lección de fútbol a la contra diseñada por la estrategia de un entrenador con cara soviética como Romantsev. Marcó Butragueño, pero sirvió de poco. Ni siquiera el intento de chilena de Hugo. Radchenko, mi zar de San Petersburgo, cazó un rechace y completó una de esas contras de carrera desgarbada. Dos al saco. Y el otro lo hizo Shmarov, que se ganó un pasaje a Alemania cuando de Rusia pudo salir alguien más que los embajadores. No era fácil y esa noche de Bernabéu fue un pasaporte. Popovich y Bazulev se fueron a Finlandia, Kulkov y Mostovoy (ese día no jugó), al Benfica. Shmarov se piró a Alemania y el gran Shalimov firmó su primer contrato en Italia (más tarde fue al Inter). Algunos se quedaron un poco más. Eran jóvenes y aún había cosas que hacer (Karpin, Popov, Radchenko, el portero Cherchesov…). Pero salieron. Y abrieron caminos y puentes.
El que conectó con España dio mucho juego. Salenko y sus goles en Las Gaunas, Khokhlov y su frialdad en La Real, el mariscal Onopko en Oviedo… Shustikov, Oulianov Bestchastnykh, Faizulin… Todos en mi Racing. Galiamin, Moj, Korneev (que llegó al Barça) y Kuznetsov, en el Español. Y más. Muchos. Hasta que un muro de dinero cerró el puente. Porque al futbolista ruso, ahora, no le sale rentable marcharse. Por eso, lo que nos queda es herencia. O sea, un hijo de la madre patria del Transiberiano criado con sidra asturiana. Porque Dennis, que juega en Castilla y ha debutado con la selección rusa, es hijo de otro emigrante: Dimitri Tcheryshev, el del Sporting.
Nota: Popov trabaja hoy en día para el Spartak. Gracias por tu hospitalidad amigo. Y aquí está la ficha de ese partido inolvidable.


